Por Eliécer Calzadilla
A mí me gustan los análisis y los pronósticos de los economistas. Leo con verdadero placer algunas columnas de especialistas que le toman el pulso a la economía del país y a la del mundo, día a día, tal como hacen los médicos de cabecera con los ancianos millonarios. Algunos de ellos son verdaderos hechiceros, adivinos u oráculos que, observando y desmenuzando acontecimientos, trazan los mapas por donde piensan que irán las economías, el dinero y el bienestar de la gente. La mayoría de esos especialistas coinciden en indicar que la enferma economía venezolana va de mal en peor. Sería esta la segunda vez, en la historia reciente, que en medio de una bonanza de precios petroleros, el país va directo al fracaso económico y, eventualmente, a una crisis política. Pareciera que estamos, una vez más, bajo el influjo de lo que Juan Pablo Pérez Alfonso caracterizó como "Efecto Venezuela", o sea la sobreabundancia de recursos financieros provenientes del petróleo -no del trabajo- y el despilfarro de esos recursos por parte de un gobierno incapaz.

A propósito de la economía y este gobierno quiero contar una anécdota. Creo que al cabo de nueve años quien me la contó está a salvo de represalias, por eso la cuento. El presidente Chávez estrenaba gobierno, era el año de 1999. Su gabinete fue integrado por personalidades y amigos suyos, que le dieron un inicial semblante de amplitud. Un conocido aceptó un alto cargo en el que duró muy poco. Antes de renunciar supo de primera mano que uno de los ministros del gabinete, del área de economía, a los pocos días de juramentado, fue recibido por el presidente Chávez. Iba entusiasmado a presentarle el plan de acción del ministerio para aumentar la producción y productividad del país. Cuando llevaba unos minutos exponiendo el Presidente lo interrumpió y le dijo, palabras más, palabras menos, lo siguiente: no me sigas exponiendo esa vaina, métete en la cabeza que lo importante para mí, para nosotros, para el gobierno, es la política, es el poder.

El ministro también duró poco. Los años pasaron y Chávez se convirtió en el presidente más popular de occidente. Ganó elección tras elección mientras los precios petroleros llegaban a precios inimaginables. Chávez se dio el lujo de despachar, uno a uno, a todos sus contendores, con un sobrenombre. Experto en poner sobrenombres y lego en economía, no entendió lo que ocurría la noche del 2 de diciembre pasado y se refugió en la cólera y en los insultos. Experto en sobrenombres, llamó mierda tres veces, ante las cámaras de televisión, la victoria de los sectores democráticos. El esqueleto de la economía andaba por Miraflores en las noches y él nunca lo vio.

El fallecido padre Enzo Ceccarelli, ejemplar sacerdote salesiano, que fue director del Liceo San José durante todo mi bachillerato, tenía este refrán a flor de labios: "El que siembra vientos recoge tempestades". Solía decirlo una y otra vez en las palabras de "buenas noches" que recibíamos los cuatrocientos internos, en formación, al final de cada día. Sintetizaba así la responsabilidad de cada uno con su propio destino y simplificaba, con pocas palabras, el principio cósmico de causalidad que rige también el universo.

Chávez está recogiendo las tempestades económicas que sembró. Tocado hasta los tuétanos por la fiebre populista, endémica en Latinoamérica, cree que la oratoria sentimentaloide basta para aquietar a las barrigas. Cree que "la política" es hablar y que la economía se aprende en los manuales comunistas de la finada Unión Soviética. Piensa que de un campo de concentración como Cuba se pueden sacar modelos económicos distintos al rebusque, la masiva prostitución, la servidumbre y la desesperanza. Aquellas causas trajeron escasez, endeudamiento, inflación, caída de las inversiones y desconfianza.

La anécdota con el ministro es bastante elocuente para explicar por qué la economía va tan mal. Desde hace rato pienso que la economía, en los tiempos que corren, es el centro de gravedad de la política de los países avanzados. En países como el nuestro es posible que todavía los sentimientos pesen más que el bienestar. Es posible, hay que reconocerlo, que sectores que siempre estuvieron muy mal no lo estén tanto, aun cuando sus condiciones de vida sean precarias. Con esos sectores el presidente Chávez sigue teniendo una fuerte conexión sentimental. Quienes piensan -erróneamente- que Chávez está liquidado, que rueda cuesta abajo, ignoran ese dato. Pero también es cierto que Chávez se empeña en despreciar las leyes elementales de la economía y en desconocer el refrán popular que también ignoraron voluntariamente los adecos: "Amor con hambre no dura".

Para los que argumenten que ahora hay menos hambre, se lo reconozco. Pero me gustaría que compartieran conmigo las conclusiones políticas de una frase, aparentemente desconcertante, que leí de uno de mis historiadores favoritos (cito de memoria): "Las revoluciones no ocurren cuando las cosas van mal sino cuando los pueblos piensan que pueden ir mejor". La mayoría de los venezolanos piensa que con tanta plata que ha manejado el gobierno chavista -y sigue manejando- las cosas podrían estar mejor. Les pasó a los adecos. Las revueltas populares contra Carlos Andrés Pérez fueron también por eso.

No es inminente, pero cualquiera de nuestros gurús tiene elementos para conjeturar que es posible que en el mediano plazo, los sectores populares, espontáneamente, sin intervención del "imperio", emprendan una revolución contra el chavismo. Es que han sembrado muchos vientos.